I
La vida de un poeta suele ser, antes que cualquier otra cosa, la vida de un lector. A través de la lectura el poeta pule su estilo, elige sus influencias, aprende a versificar. A veces, ante la belleza de un poema, se detiene a examinar verso por verso, deconstruye, analiza el tramado escondido bajo la pulcritud de la página, descubre la carpintería secreta de la obra.
Es contemplando como un poeta se construye.
II
¿Cuántas veces no desea un poeta haber escrito él los versos que más lo han hechizado? El poeta es obsesión; comienza escribiendo variaciones de sus poemas favoritos. Consciente o inconscientemente, la influencia de sus ídolos se asoma a través de sus propios versos. Con el tiempo, las resonancias se conjugan, se suma una voz propia descubierta con los años, se cristaliza la poesía personal. Sin embargo, quedará siempre la estela de los versos que lo han maravillado. Recordará irremediablemente la música de otros poetas, habrá una reverberación eterna en su memoria, le quedarán versos inolvidables.
III
¿Qué hacer, pues, con esos versos? A veces, intactos, han de reutilizarse. La poesía moderna suele incluir, en una tradición que culminó en The Wasteland, ecos de imágenes que no son propias. Mas, ¿se ha hecho acaso un poema exclusivamente de versos ajenos? Mis lecturas jamás me han mostrado algo similar. ¿Por qué no elaborar un collage de versos? Conservar la métrica, crear nuevas imágenes, expulsar lineas de su poema original y conjugarlos en un texto nuevo. Ese es precisamente el experimento que el artista Yeudiel Infante y el que esto escribe hemos realizado.
IV
El primer desafío consistió en encontrar un tema adecuado. La respuesta llegó a nosotros por una ocurrencia súbita pero afortunada; sea la fauna de la ciudad, esa que con los años se ha reducido a un puñado de especies solitarias: Gatos, perros, ardillas, hormigas, ratas, arañas y cucarachas.
Podrá pensarse que esto no es más que un sofisticado sistema de plagio; nada más alejado de la verdad. No es sencilla la labor de navegar entre libros a la búsqueda del verso correcto, combinarlos, construir estrofas bellas. El talento y el estilo de ambos se muestran precisamente en ese proceso de elección: nadie más hubiera elegido robar los mismo versos, ni los hubiera dispuesto de la misma forma.
La elección del corpus para este proyecto estuvo sujeta a la total libertad de cada uno. Ya me es imposible explicar de quién es cada una de las lineas que conforman estos poemas: lo he olvidado. Puedo, sin embargo, recordar que utilicé toda la poesía hispana que me fue posible. De Gonzalo de Berceo y la Grandeza Mexicana hasta poemas contemporáneos de colegas publicados en editoriales lúcidas y bien curadas (Verso Destierro, por poner un solo ejemplo). Todo sin olvidar a mis propios ídolos: Paz, Vallejo, Huidobro, Pellicer, Segovia.
Sin más, he aquí los poemas que conforman la mitad de Taxonomía Citadina. Los poemas compuestos por Yeudiel Infante serán publicados en este mismo blog apenas el poeta me extienda su permiso.